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A propósito de la afectividad

E. Minkowski, L'Évolution Psychiatrique, 1947



Mayo de 1940: de izquierda a derecha René Borel, Dr. Eugène Minkowski, Berthe Lyss. Fuente: Arch. fam. Philippe Borel (ajpn.org)

En el momento en que retomamos la publicación de nuestra Evolution Psychiatrique, en este primer número de la nueva serie, parece adecuado echar la vista atrás. Para empezar bien hay que intentar deslindar del pasado las tendencias del presente. Es por ello que ha surgido en nosotros el deseo de repasar, en sus líneas generales, el camino recorrido por la psicopatología a lo largo del último medio siglo y, al tiempo, tratar de hacer hincapié en su situación actual.

Un estudio de este orden viene de suyo a situarse alrededor de un punto central. Nos referimos a la noción de afectividad. Es esta noción la que en muy gran medida ha inspirado las nuevas investigaciones y ha determinado los progresos realizados. Pero el problema de la afectividad —todo psiquiatra, todo psicólogo lo sabe— es particularmente complejo, tanto en lo que concierne a sus límites como a sus carácteres fundamentales. Muchas concepciones, muchos datos de distinto orden vienen a enredarse bajo el rótulo de la «afectividad». Resulta de ello una cierta confusión. No sabríamos sin embargo tomar otra vía para alcanzar el fin que nos hemos propuesto. Mejor pues abordar las dificultades de frente, aún a costa de tener que limitarnos en algunas ocasiones a señalarlas, sin querer dar a cualquier precio una respuesta concreta a las preguntas que plantean; también a riesgo de esquematizar en parte para tratar así de destacar lo esencial.

/48/ Para situar de entrada el problema querríamos encabezar este estudio esquematizando, como acabamos de decir, los tres puntos siguientes:

1) Si abrimos manuales un poco más antiguos de psicología nos vemos sorprendidos por el lugar reservado en ellos a las teorías de la afectividad: fisiológicas, intelectualistas y demás. El Sr. Lupasco, en su importante obra «Sobre el devenir lógico y la afectividad», insiste en este punto. Muestra a la sazón cómo por ello los datos de la vida afectiva se hallan subordinados a datos de naturaleza distinta a la suya, antes incluso de que hayamos tomado cuidado de advertir qué es la afectividad por ella misma, la naturaleza de sus carácteres fundamentales, el papel que debe jugar como tal.

Hoy en día, al menos de entrada, no sentimos ninguna necesidad de detenernos en teorías de este tipo. Las manifestaciones afectivas han adquirido carta de ciudadanía junto a otros factores de nuestra vida mental. Su autonomía, en este sentido, ya no se discute. Al contrario, en muchas ocasiones arrojan nueva luz sobre los datos de los que anteriormente buscábamos hacerlas depender. Estudiar estas manifestaciones es la tarea que se impone en primer lugar en nuestros días, aun a riesgo de precipitarnos en teorías.

Se comprende de suyo que hablar de la evolución afectiva de un sujeto, del mismo modo que de su evolución intelectual o motriz, aun cuando nos podamos encontrar con factores hipotéticos es algo muy distinto a plantear teorías intelectualistas o fisiologistas de la afectividad, como aquellas tan caras a nuestros predecesores. Muy al contrario, este modo de considerar la afectividad no hace sino confirmar el papel preponderante que le atribuimos. Y si entonces desembocamos en visiones de conjunto de orden general, que podrán por otra parte parecer tal vez inciertas, estas «teorías» serán de una naturaleza completamente distinta de las antes referidas (p.e.: concepción de la libido o de la vida de los instintos).

2) Si echamos un vistazo al conjunto de hechos que todavía hoy reunimos habitualmente bajo el término genérico de «afectividad», vemos que estos hechos, que van desde el dolor /49/ y el placer físicos hasta las más elevadas manifestaciones de nuestra vida, abarcando, en su recorrido, tanto la emotividad como la afectividad en el sentido más estricto del término, son harto heterogéneos en cuanto a su naturaleza y origen. Incluso pueden parecer heteróclitos.

Es un remanente del pasado al que nos hemos referido en el primer punto, un corolario de las «teorías» de la afectividad que constituían el centro de las preocupaciones de aquella época.

Todo lo que no era intelectualidad, todo lo que no era facultad cognitiva, se consideraba procedente de los sentimientos, en particular de los sentimientos «elementales» de placer y displacer a semejanza de las sensaciones «elementales». La afectividad se hallaba así delimitada únicamente por el lado negativo y calcada en parte de las facultades cognitivas, de las que se la hacía depender. Nada tenía de sorprendente entonces que manifestaciones distintas se hallaran agrupadas bajo el mismo nombre.

No queremos decir que todo sea erróneo en este punto de vista. El dolor físico, también sobre el plano fenoménico, presenta mayor afinidad con el sufrimiento moral que con una representación o una idea abstracta. Ello no impide que difiera lo suficiente como para que intentemos deslindarlo. Reina aquí, indiscutiblemente, una cierta confusión (basta con releer algunos artículos sobre este asunto): los términos usuales, como afectividad o emotividad, son empleados indistintamente uno por el otro.

Se impone un trabajo de diferenciación. El sentido de los términos debe ser precisado en la medida de lo posible.

3) Desatendiendo estas precisiones, en clínica, se trate de niños o de adultos, hablamos habitualmente de «buena o mala afectividad» y sabemos que de este modo designamos un rasgo esencial y muy importante de la persona que tenemos enfrente. Estos calificativos tienen sin embargo un sentido completamente distinto que cuando hablamos de «buenos o malos sentimientos». Implica un juicio moral calificar el odio o la envidia de malos sentimientos, y el amor y la fidelidad de buenos, o incluso al decir: «esto surge de un buen sentimiento». En lo tocante a la afectividad, al contrario, sustituimos fácilmente los adjetivos bueno y malo, por ejemplo por rico o pobre, adaptada o rígida, adecuada o inadecuada. Se ve fácilmente que se trata de otra cosa. Tenemos pues a la vista, por una parte, una afectividad que res/50/ponde como mucho a los llamados que la alcanzan y satisface así una norma; por otra, una afectividad que permanece por debajo, que no es capaz de hacerlo, que acusa de este modo una deficiencia cierta. Todavía respecto a la oposición de bueno y malo, hay todavía otras propiedades que atisbamos en el plano fenoménico al hablar de buen y mal humor. Sin detenernos en la cuestión, digamos sólo que el buen y mal humor sobrevienen en accesos e, interponiéndose por decirlo así entre la persona humana y el mundo ambiente, no tocan demasiado el fondo de aquella. Cualquiera puede estar sujeto a un acceso de mal humor, cualquiera que sea su afectividad, sin ser por ello un hombre hosco, sombrío o malvado. Es también posible que los individuos dotados de una buena afectividad estén más «predispuestos» a los accesos de mal humor, en el sentido de que en ellos este humor contrasta más con el fondo y retiene de este hecho, debido a su naturaleza, el carácter de un evento pasajero. Finalmente, al dolor y al sentimiento de placer, los calificativos de bueno y malo no se les aplican en absoluto (buen o mal dolor no se corresponde con nada, lo que evidentemente no entraña contradicción con el signo negativo que el dolor conlleva). Lo mismo sucede con la emotividad. Y estas diferencias ya nos permiten situar de forma más precisa la afectividad en el conjunto de hechos que, opuestos todos a la intelectualidad, no difieren menos unos de otros. El lenguaje parece podernos servir aquí de hilo conductor.

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Si en nuestro tiempo se habla del advenimiento de una psicopatología afectiva, este advenimiento queda íntimamente ligado al nombre de Segismundo [Sigismond] Freud. Son los primeros trabajos de Freud, publicados en parte en colaboración con Breuer, los que han imprimido este giro en nuestra ciencia. No es preciso volver a ellos; son conocidos, y en lo que a mí respecta guardo un vivo recuerdo de la profunda impresión que me causaron. Fue una revelación. Hay que retener de ello dos aspectos. En lugar de las tendencias intelectualistas y racionalizantes en psiquiatría, se instauró la era de la vida afectiva del sujeto. No queremos decir con ello que antes los factores afectivos y emocionales hubieran sido enteramente negligidos, lejos de eso; pero no es menos cierto que es a Freud a quien /51/ se debe el mérito de la renovación de la psicopatología afectiva, al mismo tiempo que de un enriquecimiento que no había conocido hasta entonces. A partir de la «histeria», en el sentido que tenía ese término en aquella época, Freud, a diferencia de Charcot, dio un paso adelante importante. En lugar de la idea del trastorno [trouble] que según Charcot estaba a la base de las manifestaciones histéricas, puso él un acontecimiento de la vida, de orden afectivo. Las nociones de conflicto, de represión, de complejo, vinieron a sustituir a la idea.

De este modo —y este es el segundo punto sobre el que queríamos insistir— al mismo tiempo que se abandonaban las vías de un intelectualismo excesivo, se echaba por tierra el antiguo «elementarismo», si podemos expresarnos así, del que se ha tratado más arriba. Al mismo tiempo que se superaba por la vía intelectual la fragmentación del asociacionismo, en el plano afectivo se hallaba de entrada el conflicto en el centro, sin necesidad ninguna de descomponerlo en factores «elementales», con toda su carga dramática. Se ha hablado, a la sazón, con un punto de ironía, de «novela»; otros, más vehementes, han visto en ello un escándalo científico. Pero cuando se trata de conocer a la persona humana, no sabríamos nosotros ni retroceder ante la «novela», en la medida que es parte integrante de nuestra vida, ni dejarnos subyugar por los métodos «científicos» extraídos de otras ciencias que la que tiene por objeto este conocimiento.

En la obra y en el pensamiento de Freud nosotros distinguimos tres etapas. La primera es esta de la que acabamos de hablar. A nuestro entender la más fecunda. La segunda se centra en la noción de libido, la tercera finalmente tiene en este sentido un carácter filosófico tocante a las manifestaciones más elevadas de la vida, a saber, los sentimientos religiosos y morales. Incluso si, según nuestra experiencia, no podemos aceptar enteramente la concepción freudiana de la libido, incluso si las nociones de «superyó» y de «ello» nos parecen muy insuficientes, [si entendemos que] los fenómenos religiosos y morales escapan de entrada, en cuanto a su origen y a su fundamento, a una investigación puramente individual y psicológica, del mismo modo por otra parte que a un análisis sociológico, estas restricciones en nada merman el alcance de las profundas modificaciones, en lo relativo al papel de la afectividad, aportadas por Freud en psicopatología.

/52/ Desbordando el campo de la «histeria», estas modificaciones penetraron rápidamente en psiquiatría. Basta recordar las investigaciones de Jung sobre la psicología de los dementes precoces y la toma de posición a este respecto por Bleuler. La noción de contenido de la psicosis había nacido, noción que sin prejuzgar nada de la etiología de los trastornos [troubles] mentales a los que se dirigía, y menos todavía postular su psicogénesis, convertían estos trastornos, que hasta entonces parecían del todo incoherentes, en accesibles a nuestra comprensión y a nuestro entendimiento: tras la fachada muerta de la alienación mental descubríamos un «contenido» vivo.

Sin embargo, la psicopatología afectiva surgida de los primeros trabajos de Freud no fue la única adquisición importante que debía marcar la evolución de la psicopatología contemporánea. En el mismo campo de la afectividad otras tendencias, no menos importantes, iban a ver la luz.

Muestra de la reacción general contra la extensión abusiva de la noción de demencia en psiquiatría, la evolución de la demencia precoz desembocó, simultáneamente sobre el plano clínico y sobre el plano psicopatológico, en las locuras discordantes y la esquizofrenia. Remitimos a propósito de ello a nuestro estudio sobre «La génesis de la noción de esquizofrenia y sus características esenciales» aparecida en 1925 en el tomo primero de «L´évolution psychiatrique» (editorial Payot). Nos parece inútil volver aquí sobre esta cuestión. Recordemos solamente la modificación en la «escala de los valores» de los síntomas, si se me permite expresarme de este modo, que comportaban estas nuevas nociones clínicas y más en concreto, para atenernos por ahora a la afectividad, el papel jugado en el día a día de la clínica de Bleuler por el contacto afectivo (affectiver Rapport) con el enfermo. Vemos aquí en germen aquello que anunciábamos al principio al hablar de buena y mala afectividad.

Junto al contenido afectivo de la psicosis, y al menos en parte independientemente de él, venía a alinearse la noción de contacto afectivo. Desde entonces, bien que de un modo todavía vago, se hacía sentir la necesidad de distinguir en el campo de la afectividad, del mismo modo que para la emotividad era cuestión ya antes de emoción-choque y de emoción-sentimiento, la afectividad-contenido, o mejor la afectividad-conflicto, y la afectividad-contacto.

Pero si la afectividad-conflicto, relacionada con la vida «sentimental» /53/ del sujeto, venía a superponerse, en gran parte al menos, al campo de las emociones-sentimientos, la afectividad-contacto se separaba de la emoción-choque, en la misma medida que el «contacto» es del todo diferente del «choque», y marcaba así una diferencia esencial entre las dos.

Los estudios ulteriores sobre las constituciones iban a realzar todavía más la importancia de la afectividad-contacto. La esquizotimia y la ciclotimia de Kretschmer se hallan más o menos deliberadamente centradas en esta noción. Retomadas por Bleuler devinieron la esquizoidía y la sintonía, dos principios vitales, de los que la sintonía es la facultad de vibrar al unísono con el ambiente.

Nos parece superfluo volver aún otra vez sobre el reproche, enteramente injustificado y corto de miras, dirigido a los constitucionalistas de introducir en la vida del individuo algo rígido, inmutable, inmóvil, dado de una vez para siempre, impidiendo por adelantado toda intervención terapéutica por parte del médico. Es verdaderamente querer cerrar los ojos ante lo esencial. Más de una vez hemos estudiado las relaciones que pueden darse entre los complejos y la constitución, llamados en su interacción e interdependencia a forjar el cuadro clínico entero, como a menudo hemos recordado; también la bipolaridad de las constituciones destacadas por las investigaciones contemporáneas y, más allá, su carácter vivo y «personal». En cuanto a nuestra terapéutica, se halla en el dominio de la psicoterapia, todavía en parte de naturaleza «pedagógica» en el sentido amplio del término, y no podría por tanto desconocer, buscando adaptarse a él y aprovecharlo, el particular modo de ser de cada individuo, de cada personalidad humana.

Contenido y forma no venían así a oponerse sino a completarse, siendo la forma en este campo tan viva, si no más, que el contenido.

Pero, volviendo a Bleuler, le debemos todavía una noción que a nuestro entender constituye, si no la mayor, una de las más importantes adquisiciones de la psicopatología contemporánea. Es la noción de autismo. El «contacto afectivo» se halla en él rebasado pues el autismo engloba, además de la afectividad, la ideación y las manifestaciones volitivas del sujeto, es decir, el conjunto de su vida psíquica. Pero al mismo tiempo se halla /54/ sobrepasado el plano de los síntomas y de los síndromes, apuntando el autismo a la manera de ser de la personalidad toda entera. Precursor de los análisis fenomenológicos y existenciales, el autismo tenía que permitir hablar —y ello puede que por vez primera en psicopatología— del mundo autístico en el que vivía el enfermo o que por lo menos condicionaba todas las particularidades de su vida.

Nada más natural entonces que, en el plano psicopatológico al menos, entre los continuadores de Bleuler tomara cuerpo la tendencia a poner en el primer plano el autismo sin subordinarlo, como hiciera el mismo Bleuler, bien a un particular relajamiento de las asociaciones, bien a un debilitamiento de la facultad de integración, o bien al mecanismo de la «Spaltung». El contacto afectivo dejaba así lugar al contacto vital con la realidad, al mismo tiempo que el diagnóstico por penetración se afianzaba cada vez más en psiquiatría.

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La psicopatología parece ahora tener que seguir dos direcciones que, a pesar de hallarse muy próximas, parecen sin embargo, especialmente cuando se trata de una exposición didáctica, estar separadas una de la otra: una es el trabajo de diferenciación en el seno mismo de «la afectividad», en cuanto surgida en oposición a las facultades intelectuales; la otra se resume en un sobrepujamiento de esta afectividad, así como, al mismo tiempo, de los factores de la vida mental que las concepciones tradicionales sitúan en el mismo plano y junto a ella.

Comencemos por la primera. Aquí en primer lugar nos preguntamos sobre la diferencia entre la afectividad, en el estricto sentido de la palabra, y la emotividad. Nos sorprende en verdad —ya lo hemos dicho— ver hasta qué punto son confundidos estos dos términos en la literatura científica. Y se trata, sin embargo, dejando de lado su oposición a la intelectualidad, de fenómenos de naturaleza y alcance vital diferentes.

El hombre emotivo y el ser afectuoso no solo son distintos sino que toman caminos separados. El emotivo no es necesariamente afectuoso, al contrario, conocemos hiperemotivos e hipersensibles en quienes la afectividad es pobre y deficiente, del mismo modo que conocemos quienes, haciendo de su hiperemotividad una suerte de armadura contra el entorno, en un gesto de profundo egoísmo buscan ante todo ponerse /55/ al abrigo de los inevitables golpes de la vida y proclaman su derecho a miramientos constantes. La inquietud no es una prueba fiable de afecto. Recordamos aquí de pasada a los esquizoides hiperestésicos de Kretschmer. Por lo demás, en esta constelación, lo concedemos gustosos, la emotividad misma pierde su tonalidad primera. La divergencia entre la emotividad y la afectividad no resulta por ello menos clara.

Podemos por otra parte darle sin dificultad un fundamento más preciso. Un bombardeo, un terremoto, una tormenta, un ruido insólito, constituirán una dura prueba para nuestra emotividad pero en nada tocarán nuestra vida afectiva. Y si condiciones externas particularmente desfavorables junto a indecibles sufrimientos morales pueden a la larga alterar la afectividad, como hemos intentado mostrar, no es demasiado difícil percatarse de que se trata aquí de una acción mucho más larga, mucho menos directa que la correspondiente a un bombardeo. La expresión «emoción-choque» la transmite de modo inmejorable. Y si bien el «choque» puede concernir a nuestra vida afectiva (la repentina noticia de la muerte de un ser querido o de la traición de un amigo), el acento recaerá siempre en la brusquedad o la brutalidad del acontecimiento y no sobre el fondo afectivo sobre el que actuará.

En segundo lugar, la emotividad halla su complemento indispensable en las manifestaciones somáticas que la acompañan y con las que se funde, mientras que la afectividad, aun llamada, como todo hecho psíquico, a buscar vías para su exteriorización, no recurre a este particular lazo característico de la emotividad. Si la emotividad se halla así bajo dependencia directa de los azotes exteriores, cualquiera que sea su naturaleza, y concierne al mismo tiempo nuestra vida somato-psíquica, la afectividad, liberándose de sus sujeciones inmediatas, se sitúa antes que nada —ya lo presentíamos— en el plano de las relaciones esencialmente interhumanas.

El hombre emotivo y el ser afectuoso son incompatibles, como antes dijimos. Del mismo modo que también, por otra parte, afectuoso y sentimental se distinguen netamente uno del otro. La sentimentalidad puede degenerar fácilmente en una actitud más o menos desagradable, y nos gustaría, en el fondo, conocer /56/ en la vida una afectividad exenta de toda sentimentalidad excesiva. Pues si tanto la sentimentalidad como la emotividad pueden a menudo tomar un carácter excesivo —hablamos así corrientemente de hiperemotividad— no podríamos decir lo mismo de la afectividad. Por rica que sea nunca da lugar a la aplicación de un «hiper». Y si tal vez creemos poder decir que la afectividad desborda los demás factores de la vida en detrimento de estos, que absorbe esta vida de modo demasiado exclusivo, la sola y única víctima, si víctima en general hay, de este estado de cosas, volcada siempre la afectividad hacia nuestros semejantes, no es sino el sujeto mismo. Todo esto invita a la reflexión.

Podemos por lo demás ir más lejos por este camino. Ser afectado y ser emocionado no son tampoco conciliables. Ser afectado va mucho más «en profundidad» que ser emocionado. Y afección equivale a apego.

La afectividad se aproxima de este modo, mucho más de lo que podría hacerlo la emotividad, a la esfera vital del tocar. Ser afectado y ser tocado tienen más de un punto en común en el plano fenoménico, quedando el ser afectado solamente reservado ante todo para experiencias penosas a las que añade una nota de gravedad. Sin embargo, ser tocado y ser emocionado se separan. Una obra de teatro, un recital, me han emocionado hasta las lágrimas; un discreto gesto de empatía [sympathie] me ha tocado profundamente. Bien parece que cuando se trata de realidad inmediata, capaz de alcanzarnos en nuestra vida profunda, damos preferencia al término «tocar». Por viva, por llena de verdades y de notas humanas que sea una obra de teatro, hablaremos de emoción. Una carta, ciertamente, también me puede emocionar; pero un gesto, precisamente por ser gesto, no interponiéndose nada entre su autor y yo, está destinado, si no nos equivocamos, a tocarnos, del mismo modo que un acto malintencionado nos afectará profundamente.

Llevando en ella los carácteres de profundidad, de durabilidad y de lo inmediato (del tocar), la afectividad parece así resumirse en afectividad-contacto en cuanto a su manifestación esencial. Es en ella en lo que pensamos cuando hablamos de buena o mala afectividad.

Parece significativo que la lengua francesa no tenga /57/ un sustantivo análogo al «Affekt» alemán; ha habido que forjarlo, tomándolo entre comillas, cuando ha habido que introducir en nuestra lengua los conceptos destacados por el psicoanálisis. Ha sido forjado por las necesidades de la causa y adaptado así a lo que las investigaciones de Freud nos enseñaban sobre la afectividad-conflicto. El término es sin embargo de origen latino y es allí donde debería hallar su verdadero significado. La lengua francesa prefiere hablar de sentimientos y de pasiones, y tal vez deberíamos seguirla. «Affeckt-labilitât» por ejemplo, nos choca, no concordando afectividad y labilidad demasiado. Al estar toda manifestación de la afectividad impregnada de profundidad y durabilidad, nada de lo que es lábil y por tanto superficial podría competerle. Y no es tampoco un puro azar que el único «sentimiento» que la lengua francesa admite aquí sea el del afecto [affection], de este apego tierno y profundo que, muy general, bien lejos de sentimientos particulares por uno u otro individuo concreto, toca de cerca al «amor» en su forma purificada y desinteresada, desprovista de toda contingencia material. Nos hallamos tal vez muy cerca del amor al prójimo que nos conduciría a una esfera ideal más allá de todo conflicto. La afectividad sería el escalón más elevado, la manifestación más profunda, la más vibrante, la más humana de la afectividad-contacto. Ella es la expresión por excelencia de la «buena» afectividad.

La afectividad-contacto parece entonces dominar, si no agotar, todo este capítulo.

Sorprenderá probablemente que atribuyamos una tan gran importancia al lenguaje, que nos mostremos tan prestos a seguirlo ciegamente. El lenguaje constituye incontestablemente un sistema de referencias del mayor alcance cuando se trata de estudiar la estructura de la vida que en él, de modo inmediato y totalmente espontáneo, se viene a reflejar. No podríamos obviarlo. Y si creemos deber llamar la atención sobre la confusión de los términos que el pensamiento científico maneja en virtud de ideas preconcebidas o para satisfacer «teorías» demasiado generales forjadas a su conveniencia; y, por consiguiente, deber preconizar una distinción rigurosa de los términos y de los hechos que designan, no podríamos sino referirnos, en parte al menos, al lenguaje corriente que emplean tanto el común de los /58/ mortales como el sabio-psicólogo, en la medida en que, orillando las teorías, recurre del modo más natural a este lenguaje.

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Hemos asistido, a lo largo de los últimos diez años, en el ámbito de la tipología constitucional, a una evolución muy curiosa e interesante.

La esquizoidia y la sintonía venían a oponerse en cuanto que dos principios vitales. Esta oposición ponía de relieve las particularidades de la una y de la otra. A ella pues, con este fin, nos referíamos constantemente. Entre otras, una era considerada como el factor natural de la buena afectividad, la otra de la mala. Por lo demás, como ya hemos dicho más arriba, al no constituir la afectividad la totalidad de nuestra vida personal, cada uno de estos dos principios vitales mencionados conllevaba, en lo referente a dicha vida, tanto su valor como sus riesgos. La esquizoidia solamente parecía, en lo tocante a este último punto, sobre todo cuando se trataba de reacciones inter-humanas, más expuesta que la sintonía.

Hoy en día, la epileptoidia (la gliscroidia) de la señora Minkowska ha venido a alinearse con la sintonía y la esquizoidia. No solo esto, ha venido a reemplazar, en parte al menos, a la sintonía, al poner en primer plano la oposición epileptoidia-esquizoidia.

La epilepsia, objeto en el pasado de un interés muy particular por parte de los psiquiatras franceses, que se volcaban gustosos sobre sus aspectos psiquiátrico y psicopatológico, fue pronto acaparada por la neurología en cuanto afección ante todo cerebral y negligida, en la misma medida, por la psiquiatría. Un cambio de opinión, un retorno a la rica cosecha del pasado, no podía dejar de producirse más pronto o más tarde. No podemos examinar aquí en detalle cómo se ha producido en nuestro tiempo. Nos contentamos con indicar uno de sus principales resultados: la concepción moderna de la constitución gliscroide.

Centrada, ella también, ante todo en la noción de afectividad, comenzó por poner de nuevo en valor la afectividad pegajosa de los epilépticos y, a la par, su bradipsiquia, y precisó a continuación la afectividad viscosa de los epileptoides. Una frase de mi maestro Bleuler me ha quedado grabada en la memoria. Un día, con /59/ motivo de una estancia en Suiza, la señora Minkowska le hablaba de los resultados de sus investigaciones genealógicas en lo concerniente a los caracteres de una constitución particular observada en la familia de un epiléptico. Bleuler nos dijo: «Sí, veo lo que quiere usted decir: el esquizoide se despega demasiado del ambiente, el epileptoide no lo hace lo suficiente, y el sintónico lo hace justo en la medida que es preciso». La sintonía conservaba así su carácter de norma, separándose la esquizoidia y la epileptoidia de esta norma en sus dos sentidos opuestos; o, si lo prefieren, el epileptoide venía a alinearse junto a la esquizoidia como una de las modalidades de la afectividad desviada, de la «mala» afectividad en este caso.

Las investigaciones genealógicas ponían sin embargo ya de relieve, al lado de esta deficiencia aparente de la gliscroidia, y ello de un modo todavía mucho más claro que para la esquizoidia, todo lo que de positivo conllevaba, dado este «apego» particular a la tierra, a la familia, a la profesión, a la tradición que le era propia. Si bien la familia epiléptica podría carecer de personalidades notables que, desde este punto de vista, pudieran descollar entre sus «semejantes», en conjunto seguía su destino trazando una línea que no podemos desmerecer.

Este extremo debía hallar todavía ulterior confirmación. Por una parte, reflejándose en la obra genial de un Van Gogh. Al rebasar ampliamente la afectividad en el sentido estricto del término, al oscilar entre sus dos polos, el de la pegajosidad y el de la explosividad, las particularidades de la constitución gliscroide hallaban expresión en esta obra y constituían su originalidad, única en su género.

Por otra parte, y esto de una manera todavía más viva y más vasta, pues se aplica al hombre medio, las investigaciones recientes sobre el test de Rorschach por un método modificado, adaptado a las necesidades de la clínica y dando cabida al lenguaje, ponían de relieve, al lado de los factores explosivos, tanto la riqueza de las cinestesias como el mecanismo esencial del vínculo, tendiendo a reunir todos los detalles, a recogerlos en un conjunto. De suerte que, al contrario de los esquizoides, junto a una cierta imprecisión en la percepción de las formas destacaban las facultades de ver el mundo en movimiento y de reunir [relier], facultades sin duda indispensables y preciosas para la vida.

/60/ Aunque surgidas de la afectividad, estas investigaciones la rebasaban de nuevo rápidamente para subordinarla, como las otras facultades mentales, a nociones más generales, capaces de abarcarlas todas, conservando tal vez para la afectividad, por su especial naturaleza, un lugar predilecto bajo su dominio.

Es curioso constatar aquí que la facultad de unir [lier] devolvía el protagonismo, por contraste, al mecanismo de la «Spaltung» del que Bleuler mismo ha subrayado la importancia en cuanto mecanismo fundamental de la esquizofrenia, aunque pronto lo ha abandonado, muy probablemente al no saber cómo situarlo en relación a la psicología asociacionista a la que ha permanecido fiel. Aquí de nuevo las investigaciones sobre el test de Rorschach han contribuido ampliamente a subrayar toda la importancia de este mecanismo tanto en los esquizofrénicos como en los esquizoides.

Es apenas preciso insistir, creo, en que los mecanismos de la Spaltung o del vínculo se sitúan en otro plano respecto a las nociones de la psicología tradicional. Tocan mucho más de cerca la viva personalidad tanto en sus manifestaciones esenciales como en su entera forma de ser.

En este sentido, en el campo de la esquizotimia, la Spaltung se acerca al autismo. Ambos rebasan la afectividad y se sitúan más allá de las nociones psicológicas corrientes. Difieren sin embargo entre ellos: uno apunta a un mecanismo, el otro a un «mundo». ¿Están llamados a encontrarse, y, sino, cuál debe subordinarse al otro? Es un problema al que conduce la evolución moderna de la psicopatología y para el que por el momento es tal vez aún difícil hallar una solución satisfactoria. A veces, por lo demás, parece mucho más «científico» hacer una pregunta que querer dar de entrada y a cualquier precio una respuesta.

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Hipomanía y depresión, tristeza y humor alegre (a propósito no decimos «alegría» por ser esta mucho más circunscrita y motivada que la tristeza), sintonía, facultad de vibrar al unísono con el ambiente, esta ha sido la filiación de las nociones en al ámbito de la ciclotimia. Nosotros mismos, para indicar la íntima fusión en la duración vivida, característica de la sintonía, hemos hablado de sincronismo vivido y hemos considerado la contempla/61/ción y la simpatía [sympathie] (en el sentido etimológico del término) como los fenómenos más representativos de este sincronismo.

«Facultad de vibrar al unísono con el ambiente», ¿es una simple imagen, una metáfora tomada del campo auditivo para mejor destacar ciertas manifestaciones propias de nuestra afectividad? Nada de esto. Nos damos cuenta fácilmente de que tenemos ahora delante de nosotros no solo una simple imagen acústica sino, sin lugar a dudas, un fenómeno de orden muy general que atañe a todo aquello que en la vida es eco, reverberación, resonancia plena y profunda. Este fenómeno tiene esto de particular: que desborda de entrada al yo, como desborda por lo demás al yo y al tú en su alcance individual, para rellenar con sus ondas, muy vibrantes aunque insonoras en el sentido sensorial del término, la vida entera. Halla su desarrollo y su fin natural en el cosmos. Se trata, como nosotros decimos, de un fenómeno cósmico.

La psicopatología ha superado así, tal vez sin darse cuenta, una etapa. En lugar de manifestaciones de alcance puramente individual tiende a introducir, como cimientos, fenómenos de alcance cósmico. De este modo, dos vertientes se dibujan ante nosotros en nuestra vida: la vertiente individual, es decir, la vertiente ligada al sujeto, al yo, y la vertiente que trasciende de entrada este yo para encontrar su prolongación natural en el todo. La psicología tradicional se ha limitado a la primera vertiente y ha creído poder agotar de este modo todo lo psíquico. La segunda vertiente constituye una de las adquisiciones más importantes en el campo de la psicología en el sentido amplio del término, del pensamiento moderno, y es a la psicopatología, al parecer, a quien corresponde el mérito de haber guiado nuestro pensamiento en este sentido. Junto a la vertiente puramente individual, somato-psíquica de nuestra vida, nos queda ahora todavía por conocer la vertiente trans-individual o antropo-cósmica. Y esta segunda vertiente está lejos de ser la menos importante de las dos.

Nos lleva todo ello a hablar también del doble aspecto de los fenómenos psíquicos, tanto en el ámbito de la normalidad como en el de la alienación mental: del aspecto ideo-afectivo y del aspecto estructural, viniéndose ambos a superponer a las dos vertientes de las que acabamos de tratar.

A propósito del delirio melancólico, intelectualistas y emocion/62/alistas se han enfrentado más de una vez. Hoy en día es posible, no ya escoger u optar una vez más por una u otra de estas concepciones, sino de rebasar el plano de los factores ideicos y emocionales del delirio, para poner de relieve una estructura particular, diferente de aquella que se encuentra en la base de la vida normal, apoyándose ante todo en una modificación profunda del tiempo vivido en sus tres puntos cardinales: el pasado, el presente, el futuro. El delirio en su tenor emocional e ideico aparecía desde entonces como expresión casi fatal en el «lenguaje» de las emociones y de las ideas corrientes de la estructura así modificada.

Esta tendencia es general. El Sr. Pierre Janet supera conscientemente, como lo dice él mismo a propósito de la teoría de la psicastenia, las manifestaciones puramente intelectuales y emocionales para desembocar en una jerarquía de funciones psíquicas. Al frente se halla situada ahora la «función de lo real» o de la «presentificación» que, en nuestra opinión, viene a unirse a las nociones que guardan relación con el tiempo vivido, puestas asimismo de relieve. Como ellas, se aparta definitivamente de la tríada clásica de la psicología tradicional y abre así amplios horizontes ante nosotros.

Si ahora nos dirigimos de nuevo a las manifestaciones de nuestra vida, creemos poder discernir en ellas aquellas que se hallan enteramente agotadas por su aspecto individual o somatopsíquico, y otras que de entrada rebasan este aspecto y terminan en su prolongación cósmica o estructural. La emoción, como el dolor psíquico, son un «asunto privado», si se me permite expresarme así. La afectividad, por su parte, es de entrada del «dominio público», «público» no tomado en el sentido social sino en el interhumano y, en consecuencia, cósmico del término. La ansiedad, la inquietud, aun cuando sean patrimonio de todos los hombres, en cada caso particular no conciernen más que al individuo que las experimenta. Por ello, por generales que sean, permanecen desprovistas, a mi entender, de alcance «metafísico». La tristeza, el sufrimiento moral, la pena no son lo que son sino por la apelación a la «empatía» [«sympathie»] que de manera intrínseca contienen, y hallan su pleno cumplimiento, su sentido y su razón de ser en el fenómeno de reverberación sobre el que descansan. /63/ Buscaremos mitigar la ansiedad de nuestro prójimo, nos esforzaremos en tranquilizar al inquieto; el gesto de «empatía» [«sympathie»] dirigido a un hombre que sufre, a veces tan sutil y discreto que escapa a nuestros vagos [grossiers] sentidos, desborda siempre, por su naturaleza, a aquel que lo protagoniza y aquel a quien se dirige, para reverberar, llenándolo de ondas humanas, en el cosmos entero. Y si la emotividad puede originar manifestaciones colectivas, como el pánico por ejemplo, la afectividad, por su parte, no las conoce. Y es así también como, si encontramos en la naturaleza que nos rodea notas tristes y melancólicas, del mismo modo que hallamos en ella también notas radiantes, que lejos de ser proyecciones hacia afuera de nuestros propios estados anímicos nos descubren de modo inmediato el sentido de lo triste o de lo radiante, no detectamos en ella ni angustia ni ansiedad, procedentes por entero de la vertiente somato-psíquica de nuestra vida. La buena afectividad es incontestablemente aquella que más se acerca, en su natural espontaneidad, al fenómeno del eco (del sincronismo vivido) sobre el que toda afectividad descansa, mientras que el autismo procede de una deficiencia del mismo.

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Es importante insistir en que los nuevos datos relacionados con el tiempo vivido, surgidos en gran parte de la visión luminosa de la duración vivida [durée vécue] de Bergson, no constituyen un nuevo grupo de fenómenos psíquicos que vengan a colocarse entre otros, como las percepciones, las representaciones, la afectividad o las voliciones. Forman un todo aparte, en la medida justamente en que, rebasando desde un principio los factores individuales, hallan su prolongación en el todo (el cosmos), al que vinculan completamente toda vida individual. Por ello, aunque hallan su expresión en los factores individuales, se sitúan en un plano más profundo y sirven de soporte a estos factores. Resulta del todo evidente, y nos lo muestra la experiencia cotidiana, que podemos ordenar en la vida corriente una gran cantidad de cuestiones relacionadas con el individuo, en sus interacciones con otros individuos o con las condiciones exteriores de la existencia, apoyándonos exclusivamente en las nociones habituales de la psicología sin recurrir a los nuevos fenómenos. Es precisamente en esta interacción corriente donde estas nociones hallan tanto su solidez /64/ como su fundamento. Nuestro comportamiento para con nuestros semejantes se contenta plenamente con nociones tales como percepción, ideación, afectividad o volición, y eso precisamente donde esta conducta alcanza un escalón superior y lleno de matices [très nuancé], como por ejemplo en el campo de la pedagogía o de la psicoterapia. Ocurre algo muy distinto sin embargo cuando se trata de profundizar y comprender, de ir al fondo de las cosas y de darse cuenta de la verdadera condición humana, de acercarse, en una palabra, tanto como es posible, a la vivencia y a la vida. Y es así como vemos a la psicopatología contemporánea, se inspire directamente o no de concepciones filosóficas, tender por ella misma, como si estas tendencias impregnaran toda la atmósfera de nuestra época para inspirar nuestros esfuerzos y nuestras investigaciones, hacia los nuevos datos de los que hemos hablado, .

Estos datos en su conjunto determinan la estructura de la vida. Competen todos en primer lugar al tiempo vivido. Pero si, frente al espacio geométrico, el tiempo vivido ha venido a ocupar el primer plano, no es menos cierto que el espacio vivido, con los datos esenciales que proceden de él, como la distancia vivida o la amplitud de la vida, también está llamado a ocupar el lugar que le corresponde.

En nuestros días, empleamos el término «estructura» a menudo sin orden ni concierto. No solo en psicopatología. Recurrimos a él gustosos para dar importancia a la tesis que sostenemos. Su verdadero sentido se pierde así en la vaguedad. Deberíamos sin embargo usarlo solo con conocimiento de causa. En el campo de la psicopatología, como en el de la fenomenología general, «estructura» apunta al modo en que el ser humano, enfermo o con buena salud, se sitúa en relación al tiempo y al espacio vividos. Y si hablamos de psicopatología y de fenomenología general, dejando a un lado el término psicología, lo hacemos para apartar de buen comienzo de la estructura todas las diferencias de orden individual que la psicología puede traer a examen.

/65/ La estructura así concebida sostiene toda la vida humana, del mismo modo que, por la prolongación natural de los fenómenos sobre los que reposa, la vida en general. En este sentido, es fundamental y general. No suprime, evidentemente, las diferencias individuales de hecho. Estas diferencias, sin embargo, en la medida en que se sitúan en la vertiente somato-psíquica y se traducen en ella por un añadido o una privación, no afectan necesariamente a la estructura. Pueden muy bien acomodarse al cuadro general, siempre el mismo, que ésta determina y que hace que toda vida humana venga a integrarse en la vida en general.

Aquí se plantea la necesidad de diferenciar la forma de la estructura. Forma y estructura no son idénticas. No nos sentimos capaces de dar desde ya una solución satisfactoria a este problema. La forma nos parece mucho más maleable, más variable, más rica también en este sentido que la estructura. La estructura es mucho más fundamental, por este motivo también más rígida. Las diferencias individuales pueden determinar diversas formas de vida en el seno de la misma estructura. Podemos decorar de un modo personal, según los gustos, nuestra casa; esta decoración deberá sin embargo tener en cuenta rigurosamente la arquitectura de la casa, sobre la que no puede intervenir. No podemos decorar un tercero en una casa que solo tiene dos pisos. En el fondo, cada vida humana tiene su forma, su estilo, y esta forma es tan importante, según decíamos antes, como el contenido. Nuestra necesidad de clasificación ordena sus formas en grupos. Es lo que hace la tipología constitucional. No afecta todavía a la estructura. Hoy en día, sin embargo, esta tipología, procedente de la psiquiatría y centrada en el fenómeno del contacto vital con el ambiente, se acerca mucho más a los fenómenos estructurales de lo que antes lo hubiera hecho. Es lo que hay de nuevo en ella, y es también lo que pone ante nosotros el problema de su alcance estructural. Pero, como decíamos, preferimos dejar para más tarde el examen de este problema. Lo que nos interesa por ahora es no confundir de entrada forma y estructura.

Para que nos veamos obligados a hablar de un cambio real de estructura es necesario que nos encontremos en presencia de una perturbación profunda de esta integración natural en la vida de la que /66/ más arriba hablábamos, de un alejamiento considerable, de naturaleza cualitativa, que llegue a echarla por tierra. Es en primer lugar el fenómeno de «la alienación mental», y tal vez sólo él, el que pone ante nosotros el problema de una modificación de este orden. El alienado sale de su quicio. También es la psicopatología la que nos ha conducido al estudio de estas estructuras. La alienación mental nos pone en presencia de un verdadero «ser del todo diferente» sin ninguna transición aparente, a primera vista al menos, con la manera de ser habitual. Ella postula, una vez adoptado el punto de vista estructural, una diferencia radical, una modificación de estructura. Esta modificación debe concretarse en los fenómenos relacionados con el tiempo y el espacio vividos y admite diversas modalidades según las diversas formas clínicas principales que llegamos a discernir. Estas formas, por lo demás, se nos presentan como «puras» y netamente delimitadas unas frente a las otras justamente en la medida que postulan diferencias de estructura. Esto no tiene que significar que sea la investigación de estas diferencias la que ha presidido conscientemente nuestro esfuerzo de clasificación; inconscientemente sin embargo parece subyacer a él. Toda nuestra psicopatología en el «Tiempo vivido» halla inspiración en estas ideas.

Puede que la diferenciación de las psiconeurosis y de las psicosis que se impone siempre de nuevo a pesar de la dificultad, por no decir la imposibilidad, de definir netamente, en el plano racional y empírico, lo que separa unas de las otras, reposa en último lugar en el hecho de que solo las psicosis postulan una modificación de la estructura. Las psiconeurosis, del mismo modo que la emotividad y más concretamente la angustia, se juegan sobre todo en la vertiente somato-psíquica, mientras que las psicosis implican necesariamente y en primer lugar la vertiente estructural o antropo-cósmica. Esta diferencia rige tal vez la diferenciación de la que hablamos. Al menos en el plano fenoménico. En el plano empírico los carácteres neuróticos y los carácteres psicóticos vienen a enmarañarse de tal modo que todas las transiciones parecen posibles, especialmente después de que las nociones modernas relacionadas con las constituciones, prolongando hacia la normalidad los rasgos esenciales y generales de las diferentes psicosis, terminan por impregnar de un modo particular los síntomas psico-neuróticos acercándolos en múltiples casos a la estirpe psicótica. Todo esto /67/ [deja, du reste en passant] planteada la cuestión, que sin duda pide un estudio, un análisis, una reflexión mucho más profundos.

Este modo de ver debía llevarnos directamente a la noción de trastorno generador [trouble générateur]. La alienación mental, por el factor de «desorden» que comporta, incluye aparentemente mil posibilidades virtuales. No es así en realidad. Los síntomas se amalgaman en síndromes con una regularidad sorprendente, y los síndromes bien caracterizados permanecen numéricamente pocos. Esta constatación primordial invita a la reflexión. Una ley debe de presidir pues la formación de los síndromes a partir del momento que, en lugar de dispersarse en una infinidad de variedades, se presentan siempre bajo los mismos aspectos. Esta ley no tiene evidentemente nada en común con las leyes que llegan a establecer las ciencias; surgen más bien de nuestra inteligencia [pénétration]. Y los síndromes «puros» quedan limitados en número en la misma medida que nuestra inteligencia [id.] se halla limitada en cuanto a las modificaciones de estructura que puede ser llamada a discriminar. Y estos límites le son de nuevo trazados por los fenómenos de orden temporal y espacial sobre los que toda estructura y con ello también toda inteligencia [id.] descansan.

Así tras todo síndrome descubrimos, o al menos buscamos descubrir, el trastorno generador de orden estructural. Cronológicamente, las primeras fueron las investigaciones sobre el síndrome melancólico; debían mostrar que este síndrome descansaba sobre una subducción particular de la vida en el tiempo, englobando tanto el futuro como el presente y el pasado vividos. El método debía a partir de aquí desarrollarse, pero no podemos insistir aquí en los detalles.

El trastorno generador no se refiere a una filiación causal. En absoluto. Se sitúa más bien en la línea de la expresión. Una vez modificada la estructura, en el sentido de la subducción, la vida así afectada [touchée] en su plenitud y orientación primeras, esta modificación profunda se expresa enseguida en el lenguaje de las ideas y de los sentimientos corrientes. El problema de la etiología propiamente dicha permanece abierto. Tal vez incluso ni siquiera pueda ser abordado desde esta perspectiva. Aquí tal vez la clínica y la psicopatología se separan para seguir cada una, afirmando de este modo su autonomía metodológica, su camino. Ello no impide que este modo de ver será probablemente llamado algún día a aportar luz al pro/68/blema de la etiología, en el sentido de que en lugar de investigar la génesis de los diferentes síntomas agrupados conjuntamente según la tradición, como por ejemplo las alucinaciones, deberemos tener en cuenta, al pasar al nivel etiológico, los diferentes trastornos generadores de los que los síntomas del síndrome no son más que la expresión natural e inevitable. Por ello tampoco será apenas permitido establecer una filiación directa entre el contenido ideo-afectivo de un síndrome psicótico y el pasado ideo-afectivo del sujeto. El trastorno generador, la modificación de la estructura se interpone entre ambos. Esta manera de ver podrá acercarse también a ciertas concepciones organicistas sin caer no obstante en su materialismo grosero.

Resulta fácil percatarse de hasta qué punto y en qué dirección el nivel de las manifestaciones corrientes de orden ideico, emocional o afectivo, se halla aquí sobrepasado. El fenómeno de compensación puede servirnos de ejemplo. Tenemos aún todos en la memoria en qué medida la noción de compensación afectiva, ya se trate de sueños, de manifestaciones delirantes e incluso hasta las declaraciones incoherentes de los esquizofrénicos, ha enriquecido y ampliado, bajo el impulso de Freud, nuestros conocimientos y nuestra comprensión de nuestros enfermos. Hasta entonces la psicopatología había recurrido apenas —de un modo por lo demás bien insuficiente— a este tipo de compensación mecánica de relleno para explicar las fabulaciones de los dementes seniles. La psicopatología afectiva venía a despejar un amplio horizonte ante nosotros. Debía sin embargo ser superada. Junto a ella vino a situarse a continuación la compensación fenomenológica.

Una vez dada una modificación determinada de la estructura, esta modificación tendente a expresarse mediante elementos de la vida corriente, consagrados por el uso, es llevada a buscarlos entre aquellos elementos que, por su naturaleza, pueden moldearse sobre la modalidad particular de vida mental así constituida. La laguna quiere ser, bien que mal, rellenada. Antes de tomar una forma ideo-afectiva más concreta, esta compensación apela a los fenómenos en su alcance general. Es así que fui llevado a hablar, desde 1926, de actitudes esquizofrénicas. Es también así que las ideas de ruina de un melancólico presuponen una alteración del fenómeno del «tener» [«l’avoir»], en conexión con la estructura general /69/ que condiciona su vida y su manera de ser. Del mismo modo todavía, en muchos casos, antes de que las ideas de persecución se fijen en ciertas personas en función tal vez de los complejos del enfermo, se establece el fenómeno general de «persecución». La filiación aquí va del fenómeno al contenido ideo-afectivo y no a la inversa. Esto limita necesariamente el ámbito de la compensación afectiva, del mismo modo que las interpretaciones y las teorías surgidas de la psicopatología afectiva, pero parece apresar la verdad más de cerca.

No podemos extendernos aquí en el problema de los delirios ni indicar sus carácteres esenciales, entre los que no tanto la falsedad de la idea como la convicción delirante ocupa el primer lugar. Digamos sólo que a pesar de la aparente similitud con las situaciones de la vida normal, similitudes provenientes del hecho de que en ambos casos el individuo recurre a las mismas ideas, una considerable separación, de naturaleza cualitativa, existe entre estas y aquellas. El mundo en que vive un perseguido delirante no es directamente superponible al de un perseguido real, y el aspecto del «perseguidor» será, visto más de cerca, completamente diferente en ambos casos. Esto implica que a penas sea permitido tomar al pie de la letra las declaraciones del enfermo y por consiguiente reconducir directamente su contenido ideo-afectivo, desatendiendo su verdadera naturaleza, a factores de la vida normal.

Pero la noción de conflicto, tal como la ha puesto en valor la psicopatología afectiva en cuanto uno de los motores principales de nuestra vida mental, tiene también límites. Una pulsión, un deseo enfrentado a una defensa, no agotan el alcance vital del «conflicto». No nos referimos aquí tanto a los conflictos que nacen directamente de la divergencia de temperamentos o de constituciones en dos individuos llamados a vivir en «proximidad» uno del otro, donde la diferencia de ritmo de vida lleva a choques inevitables y repercute a continuación, secundariamente, en las relaciones afectivas que se juegan entre ellos. Es que, además, todo ser humano, atrapado entre sus anhelos de contacto íntimo con la totalidad espiritual (cosmos) que le concierne y sus posibilidades somato-psíquicas reales, lleva directamente en sí mismo el germen de un conflicto profundo y profundamente humano. Es en este sentido que /70/ hemos hablado de conflicto antropo-cósmico. Aquí el vuelo espiritual colisiona con el veto de los límites materiales.

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Este estudio parecerá a trechos incompleto, fragmentario, impreciso. Pero la vida está todavía tan fragmentada, tan dispersa, que ni llego a leer tanto como antaño, ni a escribir en la paz y el recogimiento que exige el tema de un estudio como este, ni a reflexionar lo suficiente. El lector me excusará. A menudo me digo también que el objeto mismo de nuestras investigaciones, por su naturaleza, es ajeno a una precisión excesiva; que no se deja abrazar por conceptos netamente delimitados. La vida es demasiado difluente para ello. No podemos aquí proceder más que por comparaciones, por imágenes, por aproximaciones intentando así acercarnos lo máximo posible a la verdad.

Y finalmente, en este campo, nuestras ideas están actualmente en plena evolución. Esta evolución conducirá, esperamos, a la claridad que no estamos todavía en condiciones, bien sabemos la causa, de aportar.



Dr E. MINKOWSKI.